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determinada época, pues cada sociedad expresa a través de sus edificios y de sus ciudades sus aspiraciones, su tecnología —es decir, su forma de utilizar su capacidad reflexiva para dominar la naturaleza—. ¿Cómo se relacionan arquitectura y política? La arquitectura, por lo que significa para la vida de las personas y por su consustancial carácter público se ve afectada por una red de instituciones, marcos de decisión política y ordenamientos legales no siempre bien coordinados. Pero, desde un punto de vista más general, la relación entre arquitectura y política puede considerarse también atendiendo a la dimensión simbólica y a la violencia. Así, la conocida cita de von Clausewitz según la cual la guerra sería «la continuación de la política por otros medios» invita a pensar la acción política en función del grado de violencia ejercida. La arquitectura forma parte de la política y que guarda alguna relación con la violencia. La arquitectura hace representables nuestras instituciones, algo que equivale a decir que hace representable nuestra organización social. De hecho, la arquitectura ha sido asumida históricamente como una suerte de depósito civilizatorio, como una de las expresiones simbólicas definitivas de cada civilización: a menudo arrasar las ciudades enemigas ha sido el signo definitivo de victoria, y en los golpes de estado se toman los edificios que simbolizan las instituciones que detentan el poder. Las recientes intervenciones del Estado Islámico en esta misma línea constituyen un triste ejemplo de la vigencia de estos planteamientos. En Bilbao, el Guggenheim encarnó la renovación de la ría del Nervión tras el desmantelamiento de la industria pesada y permitió presentar a escala global una imagen positiva para enfrentar décadas de crónica negra en el País Vasco. En el ejercicio del «poder blando», el patrón se reproduce: las ciudades son colonizadas por corpora-ciones que levantan sus edificios en los lugares más em-blemáticos, y la nueva religión en que se ha convertido el consumo plantea la peregrinación a través de los itinerarios comerciales de las marcas globalizadas, mientras los espacios públicos son colonizados por actividades económicas. Las ciudades van diluyendo sus diferencias en una homogeneización que parece imponerse a lo largo y ancho del globo y que contribuye a configurar nuestra sensibilidad, imponiendo cierta forma de desorientación y desarraigo. El vehículo de todos esos signos, que tienen una dimensión política innegable, es la arquitectu-ra. Consciente o inconscientemente, pero de forma inequívoca, la arquitectura ejerce algún tipo de violencia y porta cierta ideología que, como es sabido, es el soporte que hace perdurable el poder. UC3M | ESCUELA DE LAS ARTES 2015 - 20 -


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