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i-3 17 'La literatura tiene un efecto terapéutico’, ha dicho. ¿Lo ha tenido para usted? Lo ha tenido durante toda la vida. Leer te lleva a otros mundos, te salva del tuyo cuando el tuyo no es el que te gustaría. Y esto sirve tanto para quien lee como para quien escribe. En sus novelas hay sentido del humor. ¿Puede haber humor en una novela en la que el punto de partida es una muerte? El sentido del humor forma parte de la personalidad de cada cual; reírse de uno mismo es la mejor forma de desdramatizar cualquier cosa que te ocurra, y aunque hay ocasiones extremadamente dolorosas en las que el sentido del humor tarda en aflorar, acaba saliendo siempre como una herramienta que te ayuda a salir adelante. Eso no significa que te pases el tiempo riendo, pero sí que dejes entrar las sonrisas como se dejan entrar los rayos del sol. Ha ganado varios premios y quedado finalista en otros tantos, ¿qué deja para los demás? Los premios por suerte se convocan cada año, ¡siempre hay una oportunidad! Historia de un premio David Conte* A mi juicio, la mejor función de un premio literario radica en dar a conocer para el gran público la obra de un autor en cierto sentido “minoritario” o novel. El caso de Carmen Amoraga, que ha obtenido con su novela La vida era esto el Premio Nadal 2013, constituye un buen ejemplo, en la medida en que ya tiene una extensa trayectoria literaria a sus espaldas (de hecho llegó a ser finalista de dicho premio en 2007), pero la obtención del Nadal ha colocado su libro en la primera plana de los medios de comunicación. No se trata solamente de publicidad, en un país donde lo literario se confunde cada vez más con lo mercantil, y donde da la casualidad de que los principales premios son atribuidos por editoriales, es decir, por agentes cuya apuesta por una obra depende muchas veces de sus intereses comerciales. Cabe reiterar aquí la fórmula de que no todos los premios literarios son iguales, ni todos están concedidos de antemano, como la rumorología nos quiere hacer creer. Dentro de este panorama, el Premio Nadal sin duda constituye la excepción más señalada. Se trata del premio literario más antiguo de los que se otorgan en nuestro país, ya que nació en el año 1944 asociado a la revista Destino, posteriormente convertida en editorial, y bautizado en homenaje a su redactor jefe Eugenio Nadal, fallecido a temprana edad ese mismo año; reconoció en aquella fecha a una jovencísima Carmen Laforet y su opera prima Nada. Desde aquel momento, el Premio Nadal estuvo indisolublemente ligado a la eclosión literaria de los 50, tras una interminable posguerra, pero también ha mantenido, a lo largo de las décadas, una notable vigencia en sus elecciones y aciertos. Si tuviéramos que desglosar la lista de los premiados, tendríamos sencillamente un mapa o síntesis de la historia literaria española del último medio siglo. Desde Miguel Delibes o Rafael Sánchez Ferlosio hasta Alejandro Gándara o Lorenzo Silva, desde Carmen Martín Gaite o Ana María Matute hasta Rosa Regás o Maruja Torres, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. En el variopinto mundo de los galardones culturales, el Premio Nadal ha logrado compaginar la necesaria rentabilidad con esa dimensión intangible pero no menos real llamada prestigio. Por todo ello, no nos queda más que dar la enhorabuena a la recién premiada, que inscribe su nombre en una notable genealogía, y desearles a ambas una fructífera continuidad. *David Conte es profesor de Literatura en la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la UC3M


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